Ella llevaba ropa cómoda de casa y tenía el cabello revuelto. Su habitual mirada sombría había perdido esa intensidad característica y se veía un poco apagada, con el aire cansado de alguien que había trabajado hasta esas horas.
—¿Señor Montoya, apenas está llegando?
Alejandro respondió con frialdad:
—¿Y tú no te has acostado todavía?
—Ya me voy a dormir. Buenas noches.
Sofía se despidió con la mano, cerró la puerta y volvió al estudio. El cuarto tenía cuatro grandes pantallas llenas de códigos,