En el manicomio había una calma inquietante de esas que suele haber antes de una tormenta.
Camila se mordisquea tanto las uñas que sus manos a veces sangran.
Se sentaba cada tarde frente a la ventana de doble cristal, observando el jardín, con las manos entrelazadas sobre el regazo en una postura de paciencia.
—Se la ve mucho mejor, —dijo el doctor Garcia, ajustándose las gafas mientras revisaba la ficha—. Los episodios de agitación han desaparecido por completo.
Ella giró la cabeza con lentitu