Los gemelos jugaban en el jardín con una energía inagotable.
Su padre observaba con una taza de café entre las manos y una sonrisa de satisfacción.
Ya no quedaba rastro del hombre que casi sube a aquel avión; ahora, cada uno de sus gestos gritaba felicidad.
—¿Flores blancas o rojas? —preguntó Diana, apareciendo con una libreta y un lápiz.
Se acercó a él y le rodeó la cintura con un brazo, apoyando la cabeza en su hombro.
—Lo que tú elijas será perfecto, mi amor —respondió él, besándole la si