Camila se sentaba cerca de la ventana de la habitación de los niños.
Los gemelos jugaban en el suelo, ajenos a la ausencia de su verdadera madre.
“¡Mira, mamá! ¡Soy un loro!” exclamó Ricardo, agitando los brazos mientras saltaba, provocando una sonrisa en Camila.
—¡Qué bien, mi loro! Pero cuidado, que si sigues volando así, podrías chocar con una pared.
Douglas era más callado y jugaba con los legos. La risa de los niños llenaba la habitación, eran la única alegría de la mansión. Y la única raz