—¡Aaahhh! —me encuentro a Pía con una bata, sobre una camilla.
Antes de entrar con ella, me esterilizaron las manos y me colocaron una bata especial para la ocasión. Pía está sudorosa, aferrada al borde de la cama, con los ojos cerrados y tratando de respirar.
—Tranquila, mi bella, ya estoy aquí —le susurro y ella abre los ojos.
—¿Cómo conseguiste entrar? —me pregunta jadeante.
—Digamos que les dije que yo era el padre… —le digo rascándome la cabeza sobre el gorro quirúrgico.
—¡¡¿Queeeé?!! ¡¡Aa