Cuando salí de mi casa me sentí agradecida, ya que el soplo de aire frío que golpeó mi rostro por un momento secó mis lágrimas, haciéndome sentir más valiente y decidida a dejar a Gerard. Estaba caminando por el exterior de la casa con el celular pegado a la oreja para llamar y pedir un taxi, cuando de repente vi el auto de Gerard parando a mi lado, mi esposo bajándose y acercándose a mí, muy serio.
—¿A dónde vas?— —Me preguntó Gerard.
—Adónde voy no es asunto tuyo—, le dije.
—No te moverás d