El deseo perdura
Con la respiración rápida y el suave tacto del cabello de Ismael entre mis dedos, me sentí con la seguridad de lanzarle una última mirada dura, a esa mujer nefasta, en silencio se levantó hecha cólera y soltó.
—¡Vámonos, Dafne! Parece que nos topamos con unos sibaritas, ¿quién se cree estos dos? —tomo la mano de su amiga y se fueron con rapidez. Solté un leve suspiro relajando mi cuerpo. Caí en cuenta de como estábamos enrollados, y con rapidez intente moverme, Ismael me subió