—¡A mí no, pero bien que se lo pides a papá! ¡También es tu empresa, lo sabemos, pero no mueves ni un dedo por ell…! —Ángel se interrumpió cuando vio que Darío se ponía tan rojo que parecía al borde de un colapso.
Tenía los músculos tensos y su mandíbula se apretaba como si sus dientes se fueran a