Capítulo veintidós

¡En llamas!

Antonella

La mujer apartó las gafas de sol de su rostro, fijó su mirada verde esmeralda sobre mí; había tanto desprecio en esos ojos. Ella me miraba como si fuera cualquier cosa, menos un ser humano.

—¿Antonella?

Mi abuelo se acercó, colocó su mano sobre mi brazo, como si adivinara mis intenciones de lanzarme a la yugular de la rubia.

—¿Es su empleada? —preguntó con prepotencia la mujer, supongo que esperaba hacer que me corrieran también de este lugar, pero se llevaría una sorpresa
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