Mantengo la mirada fija en las fotografías en mis manos y suspiro. Levanto la vista para observar a Aaron: tiene una maldita sonrisa de victoria adornándole el rostro. Lo fulmino con la mirada; piensa que me tiene en la palma de su mano, que tiene el poder para retenerme. Está tan equivocado. Aprieto las fotografías y se las arrojo en la cara, logrando que se vea sorprendido.
—A mí no me vas a estar chantajeando. Si no me quieres dar el divorcio, me importa poco, no puedes retenerme a tu lado.