Mantengo la mirada fija en las fotografías en mis manos y suspiro. Levanto la vista para observar a Aaron: tiene una maldita sonrisa de victoria adornándole el rostro. Lo fulmino con la mirada; piensa que me tiene en la palma de su mano, que tiene el poder para retenerme. Está tan equivocado. Aprieto las fotografías y se las arrojo en la cara, logrando que se vea sorprendido.
—A mí no me vas a estar chantajeando. Si no me quieres dar el divorcio, me importa poco, no puedes retenerme a tu lado. Si quieres entrar en guerra conmigo, que así sea; pero que vamos a terminar divorciados es un hecho. Y con respecto a Jonathan, puedes hacer lo que se te venga en gana con las fotografías. Total, creo que sabes perfectamente que lo que la prensa diga o piense me importa poco.
Aprieta los labios, molesto, y no tarda en gritarme.
—¡Haré la vida de ese malnacido un infierno, Alejandra! ¡Sabés que tengo el poder para convertir su miserable vida en un completo calvario!
Rodeo la mesita que nos separa