¿Mi nuevo jefe es un Vizconde y el padre de mi hijo?
¿Mi nuevo jefe es un Vizconde y el padre de mi hijo?
Por: Angellyna Merida
Cap. 1: Descubriendo una dolorosa verdad.

“Su salud reproductiva es perfecta, señora Cross. Tiene una probabilidad de concebir más alta que el promedio, pero su esposo necesita hacerse una prueba de esperma de inmediato”

Las palabras del especialista resonaban en la mente de Emily mientras estaba parada en medio de la fastuosa fiesta de gala en honor a su marido. 

Clavó la mirada en su copa, arrastrando el peso de dos años perdidos en consultorios, pinchazos diarios y medicamentos que le alteraban el cuerpo. 

Todo lo había hecho por Carter, sintiéndose inferior y cargando con una culpa asfixiante. Tras el reporte del médico, la duda apareció de golpe. ¿Acaso realmente era culpa de ella?

—Emily, te estoy hablando, pareces en otro planeta —la voz de su suegra la trajo de vuelta a la realidad con reproche—. Ya ha pasado demasiado tiempo. Una buena esposa debería priorizar el darle un heredero a esta familia.

Antes, Emily solo habría bajado la cabeza, aguantado las quejas y aceptado toda la culpa. Pero esta vez respiró hondo y enderezó la espalda.

—Mi salud está perfectamente bien, suegra… Tal vez… Carter debería hacerse la prueba de esperma.

La madre de Carter abrió la boca, indignada, pero Carter enseguida intervino antes de que la charla se convirtiera en un escándalo delante de los invitados. 

—Mamá, por favor, no hagamos un drama aquí, estamos celebrando mi nombramiento. El médico solo quiere descartar opciones de rutina. Haremos todo lo necesario, ¿verdad, mi amor?

Mantuvo una sonrisa amable en apariencia, pero sus palabras llevaban presión disfrazada.

Emily forzó una sonrisa, entonces Carter la llevó lejos de su madre, pero en cuanto doblaron hacia un pasillo solitario del segundo piso, la empujó bruscamente contra la pared de mármol. Sus dedos se cerraron alrededor del brazo en un agarre fuerte y doloroso.

—Estoy perfectamente sano. No voy a hacerme ninguna maldita prueba de esperma —le siseó Carter al oído, con furia gélida—. En lugar de reflexionar sobre tus propios fallos, ¿te atreves a decirle a mi madre que soy yo el del problema? ¡Estoy tan decepcionado contigo!

A Emily se le llenaron los ojos de lágrimas al instante. Soportó el dolor físico y la humillación, tragándose el llanto para no armar un escándalo. 

—Entonces si eres un hombre sano, deberías hacerte esa prueba —insistió ella. 

Carter la miró con los ojos encendidos de rabia. 

— No voy a permitir que un médico de pacotilla ponga en duda mi masculinidad ni mi salud. A mí no me pasa nada. Quizás debas buscar otras opciones, cambiar de especialista o someterte a tratamientos más serios, porque yo estoy absolutamente seguro de que el problema no soy yo. ¡Es tu cuerpo el que no responde!

Al terminar la frase Carter la soltó dio media vuelta y regresó al salón. 

Emily se quedó allí, atónita, incapaz de asimilar las palabras de su marido.

«Es tu cuerpo el que no responde» 

Lentamente, se dejó caer de rodillas al suelo, apretándose inconscientemente la muñeca con la mano, que acababa de quedar roja por el apretón.

Incluso ahora, su marido seguía dudando de su fertilidad. 

 ¡¿Pero qué culpa había cometido?!

Tras un largo rato, Emily oyó pasos y se levantó rápidamente, secándose las lágrimas del rabillo de los ojos. 

Sintiendo que le hacía falta tomar aire,  decidió salir hacia el ala este de la residencia. 

Cruzó los pasillos secundarios con paso rápido y empujó las puertas de cristal que daban hacia los jardines privados, oscuros y desiertos a esa hora.

Caminó por el sendero de piedra, buscando la tranquilidad de la penumbra para respirar en paz. De pronto el silencio se rompió de golpe. Un murmullo ahogado la obligó a detenerse en seco. 

Emily contuvo el aliento, aguzando el oído con un vuelco extraño en el estómago. 

A los pocos metros, ocultos tras la espesura de la vegetación del jardín, comenzaron a escucharse jadeos roncos y gemidos que ella reconoció. 

—Más, Carter... por favor, más —gimió Gina, la mejor amiga de Emily, con la voz distorsionada por la respiración agitada—. No pienses en ella,  tu mujer no te complace como yo…

Emily se quedó paralizada como una estatua de piedra.  Sintió que el corazón se le detenía por milésimas de segundos.  Intentó dar un paso atrás, pero sus piernas no respondieron. Los jadeos se volvieron más rápidos, más intensos, hasta que Gina soltó un grito ahogado.

Emily a pesar del dolor que le causó esa traición, apretó los puños, respiró profundo, decidida a enfrentarlos y quitarles la máscara, pero la voz de Gina la contuvo, obligándola a quedarse quieta. 

—Dime que pronto la vas a dejar —pidió Gina, acomodándose el vestido de satén oscuro mientras se apegaba al pecho de Carter.

—Debemos esperar un mes, querida —respondió Carter, con un tono de voz gélido, calculador—. En cuanto Emily cumpla veinticuatro años, se libera el fideicomiso que le dejó su abuelo.

—¿Y cómo harás que te firme los poderes sobre todo ese dinero? —preguntó Gina, con una nota de escepticismo.

—Fácil —Carter soltó una risa seca, despectiva—. La muy tonta se siente tan culpable porque no puede darme un hijo que firmará lo que yo le pida con tal de complacerme. Cree que me debe el mundo por su infertilidad.

Gina estalló en una carcajada limpia, que provocó que el estómago de Emily se revolviera. 

—Pobre ilusa —se burló Gina, acomodándose el cabello—. No sabe que te hiciste la vasectomía antes de casarte.

En ese momento, Emily no podía escuchar nada más, solo un zumbido ensordecedor en sus oídos y todo se oscureció.

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