Cap. 3: Fuego, pasión y desplante.

El contacto de sus labios fue un choque brutal, electrizante. 

El desconocido no la rechazó; la rodeó con sus fuertes brazos, pegándola a su cuerpo caliente y respondiendo al beso con una ferocidad que encendió un fuego instantáneo entre los dos. 

Ninguno de los dos se detuvo. 

Al romper el beso, Emily lo tomó de la mano con firmeza y caminó con él hacia la avenida principal para detener el primer taxi. 

El trayecto hacia el hotel boutique en el centro de Florencia transcurrió en un silencio absoluto, pero ambos mantenían la respiración contenida y se miraban de reojo. 

Emily se registró con un nombre falso, pagó en la recepción en efectivo y guio al desconocido hacia la suite del último piso. 

En cuanto la puerta se cerró detrás de ellos, se lanzaron el uno sobre el otro sin perder un segundo.

Él la acorraló contra la madera, pero no fue tosco al contrario la miró de frente, con sus intensos ojos azules encendidos en la penumbra, y deslizó una mano por su mejilla, bajando lentamente por el cuello hasta detenerse en el borde del vestido destrozado.

—Sei bellissima (Eres bellisima) —susurró él, con una voz ronca que le vibró en el pecho—. Sei un fuoco puro. (Eres fuego puro)

Emily jadeó ante el calor de sus palabras. Desesperada por borrar la frialdad de su pasado, se aferró a sus hombros atléticos y unió sus labios a los de él en un beso lento, húmedo y devorador. No era ternura; era una seducción hambrienta que les quitaba el aliento. 

El desconocido respondió bajando el cierre de su vestido con una parsimonia tortuosa, torturándola con el roce de sus dedos contra la piel desnuda, haciéndola temblar antes de dejar caer la tela al suelo.

La cargó despacio, disfrutando de la fricción de sus cuerpos. Emily enredó las piernas alrededor de su cintura y arqueó la espalda cuando él la recostó en la cama, atrapándola bajo su imponente peso. Él se deshizo de su ropa sin romper el contacto visual, exhibiendo una anatomía perfecta, tensa y completamente endurecida para ella.

—Mírame —le ordenó él en un siseo posesivo, tomándola de las muñecas para fijarlas contra el colchón—. Quiero que me veas a los ojos mientras te hago mía. 

Emily sostuvo la mirada, clavando sus ojos verdes en el azul penetrante del desconocido mientras se entregaba al delirio de sus besos, caricias, y de su venganza. Cuando él empujó con fuerza, hundiéndose por completo en su interior en una embestida lenta, dolorosamente profunda y húmeda, un gemido agudo escapó de los labios de Emily. El impacto la hizo arquear la espalda sobre las sábanas.

El ritmo comenzó a acelerarse, transformándose en una coreografía ardiente de piel contra piel. El desconocido la embestía sin piedad, marcando una fricción implacable que quemaba la culpa de los últimos dos años y la transformaba en un goce primitivo. Los jadeos roncos de él golpeaban su oído, dictándole palabras posesivas en italiano a cada segundo, mientras ella se mecía bajo su cuerpo, respondiendo con gemidos de puro placer. 

Él la giró obligándola a ponerse a gatas, y la tomó firmemente por las caderas. Desde atrás, se hundió de nuevo en ella con golpes rítmicos, secos y fuertes que la hicieron perder el sentido de la realidad, arrastrándola a un vaivén salvaje. Emily gemía sin control en la penumbra de la habitación, sintiendo cada centímetro de él dentro de su cuerpo, hasta que el clímax los alcanzó juntos en una sacudida espasmódica y ardiente que los dejó exhaustos sobre las sábanas deshechas.

****

En la residencia de Alessandro Valenti, la tensión en la mesa principal era evidente. Los invitados no veían por ninguna parte al nieto del hombre. Letizia Marchesi su futura prometida mantenía la espalda rígida, sosteniendo su copa con los nudillos tensos mientras la humillación se reflejaba en su mirada fija.

—Mi nieto tuvo asuntos importantes que atender de negocios, no debe tardar —dijo el abuelo Alessandro intentando ganar tiempo. 

Letizia dibujó en sus labios una leve sonrisa. 

—Tranquilo, mi familia y yo entendemos que ustedes son personas ocupadas, no se disculpe por Stefano, quizás no tarda en llegar. 

Alessandro asintió con educación. 

—Gracias por ser comprensiva —mencionó—. Me disculpan un momento. 

El anciano caminó directo a su despacho, marcó con insistencia el móvil de su nieto, mientras caminaba de un lado a otro, con el rostro endurecido por la rabia. Al ver aproximarse al jefe de seguridad, clavó sus ojos en el hombre. 

—¿Cómo es posible que mi nieto siempre logre escaparse de ustedes? —le siseó Alessandro, con furia gélida—. Tienen un despliegue completo de seguridad y Stefano los burló como si nada. ¡Búsquenlo y me lo traen a rastras si es necesario! Lo que hoy hizo no se lo pienso perdonar.

El empleado agachó la cabeza y retrocedió de inmediato para dar las órdenes, mientras Alessandro regresaba junto a Letizia.

Sin embargo esa noche Stefano Valenti no apareció fue como si se le hubiera tragado la tierra. 

Al día siguiente, el pasillo del exclusivo hotel boutique fue tomado por el sonido rítmico de pasos firmes. Media docena de hombres con trajes negros impecables y auriculares de comunicación se desplegaron frente a la suite del último piso. La puerta se abrió sin necesidad de llamar.

En el interior de la habitación, el desconocido de los intensos ojos azules se ponía de pie, cubriendo su torso atlético con las sábanas deshechas. La cama estaba vacía; Emily ya no estaba.

Un hombre de mediana edad, porte aristocrático y mirada severa dio un paso al frente, ignorando el desorden de la suite. Era Matteo, su consejero personal y el hombre de confianza de la familia.

—Señor vizconde, vístase —ordenó Matteo con una mezcla de respeto y profundo fastidio—. Es hora de regresar a la mansión. Su abuelo está furioso por el desplante de anoche, su prometida la Marquesa se quedó esperándolo, así que su abuelo lo necesita de inmediato. 

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