Mundo ficciónIniciar sesiónEmily se aferró con fuerza a la fría pared de piedra, con las yemas de los dedos blancas, mientras un dolor agudo le atravesaba el corazón.
El dolor de la doble traición se le incrustó en el pecho, pero lo que terminó por herir su corazón fue lo que escuchó después.
—Por supuesto, yo jamás tendría hijos con ella, si me casé fue porque mi familia estaba al borde de la ruina y su abuelo me ofreció un buen trato.
Emily sintió cómo su vida se desmoronaba en ese instante.
Las palabras crueles resonaban en sus oídos, y de repente su mente se llenó de recuerdos felices que ahora parecían una cruel ilusión.
Vio la imagen de Carter cortejándola con ternura, las palabras dulces que le susurraba cada día. Recordó el día de su boda, cuando su abuelo la tomó de la mano y la unió a la de Carter, con una sonrisa llena de esperanza y bendiciones. También evocó los primeros años de matrimonio, la complicidad y la dulzura que compartían como esposos.
«¿Todo eso había sido falso desde el principio?»
El rostro bondadoso de su abuelo apareció en su mente, junto con sus palabras cariñosas:
“Solo quiero que seas feliz, mi niña”
Un dolor amargo le apretó el pecho.
«¿Esto era realmente lo que él había deseado para ella?»
Su mente se llenó de confusión, un torbellino de sentimientos la embargaba.
No pudo soportar estar allí ni un segundo más, dio la vuelta y huyó apresuradamente.
Unos minutos después, llevaba sus tacones altos, caminando descalza por las calles empedradas de Florencia con la mente vuelta un caos, procesando todo lo que había escuchado. El peso de la traición le acompañaba en cada paso.
Se sentía traicionada por su marido, por su mejor amiga y, lo que más le dolía, por el propio abuelo en el que siempre había confiado.
Sintió una oleada de ira que se extendía por su pecho, como si estuviera a punto de explotar en cualquier momento.
De pronto, un grito desgarrador la sacó de sus pensamientos.
A unos metros, en la penumbra de un callejón oscuro, el eco de palabras de grueso calibre rompió el silencio.
Emily se detuvo en seco, aguzando la vista. Tres hombres corpulentos tenían acorralado a uno solo, golpeándolo con saña contra la pared.
El desconocido se defendía como un animal atrapado, pero la desventaja era evidente.
Emily no pensó en el peligro ni en las consecuencias; la adrenalina de su propia rabia la empujó a actuar.
Corrió hacia la entrada del callejón. Con un movimiento rápido y desesperado, rasgó el escote de su vestido de seda, exponiendo el delicado encaje de su brasier y la palidez de su piel.
—¡Oigan! ¡Miren aquí! —gritó con todas sus fuerzas, plantándose bajo la luz de un farol.
Los tres atacantes se congelaron y se giraron de golpe, completamente distraídos por el impacto de mirar aquellos firmes senos. Incluso el hombre que estaba siendo golpeado alzó la mirada, con los ojos fijos en ella por un segundo de absoluto desconcierto.
El desconocido reaccionó con la velocidad de un felino. Aprovechando el descuido de sus agresores, lanzó un puñetazo certero que derribó al más cercano, rompiéndole la mandíbula.
—¡Auxilio! ¡Llamen a la policía! ¡Seguridad! —comenzó a gritar Emily, agitando los brazos hacia la avenida principal, simulando que venía gente en camino.
El eco de sus gritos alertó a unos transeúntes a lo lejos, cuyos pasos apresurados empezaron a resonar en el pavimento.
Al verse acorralados, los tres ladrones maldijeron en voz alta, dieron la vuelta y corrieron en dirección opuesta, perdiéndose en la oscuridad de los pasajes.
El callejón quedó en un silencio sepulcral, interrumpido solo por la respiración entrecortada de ambos.
El desconocido dio un paso al frente, saliendo de las sombras. Emily contuvo el aliento.
A pesar de vestir ropa sencilla —unos jeans oscuros y una camisa de lino rasgada por la pelea—, el hombre poseía una imponente altura y un cuerpo atlético que desbordaba una presencia magnética y peligrosa.
Él se limpió un hilo de sangre de la comisura de los labios con el dorso de la mano y clavó sus ojos azules directamente en ella.
Se acercó lentamente, evaluando el vestido destrozado de la mujer y la determinación salvaje que brillaba en sus ojos verdes.
—Te debo la vida —dijo él, con una voz profunda, ronca, que le erizó la piel—. ¿Qué puedo hacer por ti?
Emily lo miró fijamente, con la mente despejada por primera vez en horas.
La risa nauseabunda de Carter y Gina volvió a resonar en su mente. ¡No, no les permitiría arrebatarle su fortuna, ni les permitiría pisotear su dignidad!
Recordó la cláusula absoluta oculta en el fideicomiso de su abuelo: si ella tenía un heredero, la enorme suma se descongelaría de inmediato y sin condiciones, se transferiría directamente al nombre del niño, e incluso Carter no podría tocar ni un solo centavo.
Sabía que lo que iba a pedir era una absoluta locura, que desafiaba toda lógica y moral, pero la humillación de Carter ardía en sus entrañas. Si su marido no la amaba, si se había casado con ella solo por un maldito acuerdo económico, ella podía jugar el mismo juego.
Emily dio un paso al frente, con sus ojos verdes fijos en los ojos azules del hombre y los labios rojos ligeramente entreabiertos.
—¿Me darás lo que pida?
El hombre arqueó una ceja, intrigado por la frialdad y el valor de la mujer que tenía enfrente. Sin dudarlo, asintió.
—Sí. Lo que quieras.
—Quiero una noche contigo —sentenció Emily, dando un paso hacia él—. Sin preguntas. Sin nombres. Solo esta noche.
Antes de que él pudiera responder, Emily acortó la distancia restante, lo tomó por el cuello de la camisa rota y lo besó.







