—¿Desea algo de beber, mi respetado señor? —preguntó una voz a la espalda del gran Julius.
El pálido seguía mirando por la ventana. Aguardando.
—No. No deseo nada. —dijo, casi en un reproche a pesar de que siempre sostenía su educación y modales intactos.
—¿Está seguro? —preguntó, insistiendo.
Julius comenzaba a perder la paciencia. Miró al pálido con los ojos rojos como la sangre, develando su apariencia más delgada y avejentada.
Eso solo sucedía cuando perdía el control. El hombre retrocedió