Entró en el ascensor y respiró profundamente. No era una adolescente, debía mantener la calma. ¡Mantener la calma!
Cuando las puertas del ascensor comenzaban a cerrarse, una mano las detuvo. Daniel entró y se acercó lentamente a ella. Su porte elegante traía consigo un aroma a cedro.
Se sentía cada vez más aturdida. Parecía que todo el ascensor estuviera impregnado con aquel aroma. Sus mejillas estaban encendidas; las tocó y las notó muy calientes.
Daniel la miró preocupado: —¿Te ha subido la fi