Apenas había cruzado el umbral de la puerta cuando su esposo la acorraló contra la pared del pasillo. Inmediatamente rodeó su cintura con sus brazos.
Knut sintió un cosquilleo en el corazón al recordar el beso que le había dado a Astrid en el oscuro callejón del café. Quería repetirlo, quería sentir de nuevo sus labios suaves y dulces, quería abrazarla y no soltarla nunca. Pero su sueño romántico se vio interrumpido por dos voces que lo sacaron de su trance.
—¡Puaj! ¡Papá! ¡Estoy aquí! —gritó s