Astrid tomó la rosa negra con indiferencia y la hizo girar entre sus dedos sin prestarle atención. El hombre, de sonrisa impecable, le acarició el hombro con su mano.
Knut irrumpió en la habitación con un portazo que hizo temblar las paredes. Al ver al hombre de aspecto seductor, de ojos ardientes, cintura definida y piernas musculosas, que se atrevía a tocar a su esposa, sintió que le hervía la sangre.
Era evidente que el hombre estaba intentando seducir a su esposa con su encanto y su rosa ne