Capítulo 80: Heridas que sanan.
Malú cerró los ojos, tuvo miedo de que algún guardia se acercara y lo llevara preso por profanar la tumba de esa mujer, por suerte nadie se dio cuenta, se vio tentada a impedir que siguiera destrozando aquel sepulcro, pero podía entender su enojo, esa mujer tan solo lo había utilizado.
Pasaron varios minutos cuando Abel dejó de llorar, y Malú lo vio más sereno, entonces se acercó a él, y se inclinó a su lado.
—Vamos a casa, ya no vale la pena, ella está muerta —dijo Malú y le tocó el hombro.