En horas de la noche Abel regresaba a Mompox, no tenía noticias de Malú y eso lo tenía con el ánimo por el piso, anudado a que percibía todos sus músculos adoloridos, los parpados pesados y los ojos le ardían, además que la fiebre no cedía.
—Ingeniero, debe revisarle un médico —propuso el chofer.
—No es nada, solo un malestar pasajero —indicó carraspeando—, llévame con el padre Teo —solicitó.
«¡Él es el único que puede saber en dónde está Malú!»
Percibía una opresión en el pecho, desconoc