Malú sintió un temblor en su cuerpo, desde el día que cayó por las escaleras, no había vuelto a rayito de luna, suspiró profundo, observó a Abel.
—Dame tu mano y no me sueltes —solicitó.
Abel deglutió la saliva con dificultad, se aproximó a ella conmovido, la agarró de la mano.
—Jamás te soltaré, siempre me tendrás a tu lado para ser tu pilar, en mí podrás apoyarte todo el tiempo, no temas, no dejaré que te derrumbes.
Las palabras de Abel se colaron en el alma de Malú, inspiró profundo, se