46. Deja que lo haga yo querido…
Lucrecia pensó que no había necesidad de hablar simplemente de hacerle sentir su presencia, de hacer que sus cuerpos se rozaran, mientras sus manos recorrían su torso, jugando con sus tetillas, y sus labios dejaban besos, no solo en su espalda, sino también en sus hombros.
Ese hombre poseía un hermoso cuerpo, que parecía acumular perfección con la edad en lugar de lo que le ocurría a la mayoría de seres humanos ¿Cómo diablos podría ella dejarse ganar por una mocosa? Nunca, jamás lo haría.
El ol