Me inclino hasta él sin parar de contonear mis caderas o en su defecto, de acariciar su amplio pecho a la perfección robando cada suspiro furtivo de su boca masculina endiabladamente sensual.
Sus ojos me miran con firmeza apesar de que se encuentran ahora mismo entrecerrados.
No dudo ni por un momento en tomar su boca en un beso firme que acaba con la poca cordura que me quedaba.
Delirante de placer me contoneo sobre sus caderas en una fracción prohibida.
Descarnada.
Salvaje.
No hay ternura en