Después de mucho más debate y reticencia de la que me gustaba admitir, finalmente le envié mi dirección a Oliver. Se la mandé en el momento en que crucé la puerta de mi casa tras el trabajo, dándome exactamente una hora para transformarme de una asistente agotada en... lo que fuera que fuera esto.
El viernes había llegado en un abrir y cerrar de ojos y, antes de darme cuenta, estaba frente al espejo de mi tocador, con la respiración entrecortada cada vez que veía mi propio reflejo. Observaba a