Al despertar, me giro y veo a Dana a mi lado, envuelta en sus suaves sábanas. La luz tenue de la mañana apenas se filtra por la ventana. Al instante, mi mirada se dirige hacia el reloj en la mesita de noche: son las 5:59 a.m. Justo en ese momento, una alarma resonante interrumpe el silencio de la habitación, proveniente del lado de Dana. Ella también tiene su propio despertador, aunque la mayor parte del tiempo parece ignorarlo.
Dana no es como los otros niños. A sus siete años, ha demostrado s