La mansión Davis estaba inusualmente tranquila cuando Jacob y Andrew se estacionaron en el frente. Para sorpresa de Andrew, había dos sujetos uniformados que velaban la entrada y se acercaron al auto de Jacob, con cara de mala muerte.
Desde el asiento del conductor, Jacob bajó el cristal de la ventanilla y lo vio con cara de pocos amigos.
—Quiero ver al señor Davis —pidió sin ver a la cara del regordete guardián.
—¿Quién le busca? —preguntó este, con mala cara. —¿No le parece que estas no son