Gabriela había crecido junto al mar.
Siempre había sido propensa a quedarse dormida en lugares fríos, pero últimamente, el sueño la vencía aún más.
Esa mañana, el cansancio la sumergió en un sueño profundo hasta las nueve.
Si no hubiera sido por el timbre del teléfono, habría seguido durmiendo.
Con los ojos todavía nublados, alcanzó a ver el nombre en la pantalla: ¿Cintia?
Tomó la llamada y dejó el teléfono sobre la almohada. Imaginó que, como de costumbre, Cintia la llamaba para regañarla.
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