Desafortunadamente, Gabriela lo descubrió.
—¿En serio, gran CEO Saavedra? ¿Peleándote con los niños del orfanato por un pedazo de pastel? ¡Vaya ocurrencia…! —dijo Gabriela, sin saber si reír o enfadarse.
Concha, que tenía la cara llena de harina y cubría su boca desdentada (le faltaban dos dientes), lanzó una risita burlona mientras miraba a Álvaro.
Al final, Álvaro no se llevó el pastel.
Porque Gabriela le prometió que para la víspera de Año Nuevo haría uno fresco.
Solo entonces él, ya de mejor