Álvaro se quedó en la entrada, como si un rayo lo hubiera alcanzado en un día despejado.
—¡Por fin! —Carmen y Oliver se miraron por un momento, y enseguida se tomaron de las manos, saltando casi de alegría—. ¡Tres años rezando, suplicando a todos los santos! ¡Al fin se hizo realidad!
Carmen, en medio de su júbilo, notó la presencia de Álvaro en la puerta. Su expresión se endureció de inmediato.
—¡Malcriado! ¿¡Cómo es posible que no supieras que tu esposa está embarazada!? ¿¡Qué clase de marido e