Cintia se encogió como un polluelo asustado.
—Hazla reír, asegúrate de que coma bien sus tres comidas diarias —continuó Álvaro, ignorando la reacción de su hermana—. La casita que querías, te la voy a poner a tu nombre.
Por un momento, Cintia pareció emocionada, pero el entusiasmo se desvaneció rápidamente.
Justo cuando estaba a punto de entrar, asomó la cabeza por la ventana del auto y lanzó una última pregunta:
—¿Es solo que la tienes encerrada o…? No le has puesto una mano encima, ¿verdad?
Ál