Gabriela sonrió ligeramente.
Todos ya estaban acostumbrados a que ella fuera tan atenta con Álvaro, pensaban que su temperamento había pasado, y que después de que él la consintiera, ya no había nada de qué preocuparse.
Cuando Gabriela llegó a la galería de arte, eran las dos y cincuenta de la tarde.
Al bajar del auto, vio a varias personas que le resultaban familiares.
Parecían las hijas de unos empresarios de una conocida marca de bebidas y de una importante cadena de turismo.
Miró hacia otro