Masajeando sus doloridos hombros, Olivia estaba lista para ir a su dormitorio y acostarse para pasar la noche. Pero tan pronto como abrió la puerta, sintió un cálido toque en su muñeca antes de que la condujeran a la habitación.
—Max, tú…— comenzó Olivia.
En un abrir y cerrar de ojos, un brazo rodeó su esbelta cintura y la empujó detrás de la puerta.
—¿Qué pasa?—
—Tengo hambre.— Los ojos de Max eran tan oscuros como un abismo sin fondo.
—¿En verdad?— Olivia tragó saliva. Fingiendo ignorancia, c