VALENTINA ROSS
Parecía que el tiempo se había detenido en ese momento. Todas las conversaciones en las mesas habían cesado, y podía sentir decenas de miradas curiosas y sonrientes fijas en mí.
Pero la única mirada que realmente importaba era la de Joshua. Él estaba arrodillado ahí, en el piso, sosteniendo la cajita de terciopelo con los ojos oscuros desbordando de esperanza y amor.
La presión social y el dolor insoportable de destruir a ese hombre frente a tantas personas me aplastaron por