RUBI MONTENEGRO
En cuanto terminó el almuerzo y Ares volvió a su despacho, no perdí ni un segundo. Tomé el pequeño pendrive y caminé apresurada hasta mi antigua habitación.
Me senté en el borde de la cama, abrí mi laptop, conecté el dispositivo y le di clic a la carpeta que se abrió en la pantalla.
Esta vez, no había ninguna trampa.
La pantalla de la computadora se llenó de carpetas organizadas por fechas, nombres y asuntos. Ares, el psicópata controlador que mi familia me dio por marido, había