ARES BECKETT
El camino de regreso a la mansión Beckett se hizo en un silencio sepulcral. Rubi mantenía el rostro vuelto hacia la ventana del auto, negándose a mirarme, pero yo podía sentir el odio irradiando de ella. No dije nada. No había nada más que decir con palabras. La hora de la diplomacia se había acabado en el momento exacto en que ella permitió que ese hombre la tocara.
En cuanto el chofer se estacionó y entramos a la mansión, Rubi subió las escaleras casi corriendo.
— Enciérrate, que