RUBI MONTENEGRO
Eran las tres de la mañana de un martes cuando lo sentí. Un pinchazo fuerte en la parte baja de la barriga que me hizo abrir los ojos en la oscuridad del cuarto, seguido por una sensación inconfundible de humedad en las sábanas.
Estaba de treinta y ocho semanas. Nuestros gemelos habían decidido que la estancia en el "hotel" había terminado.
Respiré hondo, sintiendo la contracción apretar mis músculos.
— Ares... — llamé bajito, tocando el hombro de mi marido.
Él roncaba suavement