RUBI MONTENEGRO
Desperté con el sol dándome en la cara y, por primera vez en años, no tuve ganas de esconderme debajo de las cobijas.
Estiré los brazos en la cama gigante, sintiendo que mis músculos se quejaban un poco por haber bailado la noche anterior. Pero era un dolor bueno. Era el dolor de la victoria. La cara de idiota de Ares cuando lo dejé en el auto valió cada caloría quemada en el gimnasio.
Me levanté y fui directo a la laptop.
— Vamos a ver, señor Bane... ¿dónde está? — escribí en e