Richard consigue convencer a Alice de dejar su coche en el estacionamiento e ir con él. Conduce con expresión seria, atento a la carretera, mientras ella lo observa discretamente. Richard tiene el cabello negro y liso, que parece deslizarse entre los dedos cuando se pasa la mano por él. También tiene unas manos enormes que, firmes sobre el volante, dejan ver gruesas venas.
«Qué manos tan cariñosas», piensa.
—¿Adónde vamos? —pregunta ella al darse cuenta de que está fantaseando.
—A un lugar que