CAPÍTULO — La mujer que ya no tiembla
Victoria se puso de pie con una serenidad que no era calma sino determinación, esa que solo se consigue después de haber caminado sobre cenizas, avanzó hacia el estrado sin mirar a nadie, sin pedir permiso con los ojos, sin suplicar atención, porque lo que iba a decir no necesitaba aprobación, necesitaba contarse aunque doliera, necesitaba salir como una verdad que había crecido en silencio durante meses hasta volverse imposible de tragar.
Apoyó las manos