El señor pervertido

―¿Quién eres? ―me pregunta la chica, destapando la botella y bebiendo con mucha calma mientras yo estoy estupefacta y no por su ropa interior, sino por el estado de la sala. Todo adentro está desordenado―, ¿te pregunté quién eres?

No me gusta su tono, pero es suficiente para sacudirme y dejar de mirar el piso. ¿Acaso conoce la decencia? ¿Cómo e posible que abra la puerta así?

¡Me lleva!

¿Qué clase de hombre vive aquí? mascullo para mis adentros cuando vuelvo a mirarla, poniendo mi sonrisa profesional, mostrándole todos mis dientes.

―Vengo a limpiar. 

―¿Tú? ―cuestiona como si le pareciera raro que alguien como yo lo hiciera.

Es lo que creo de su reacción.

―Sí ―respondo encogiéndome de hombros.

Ella me repara de arriba abajo escaneándome con la mirada, y quizás constatando que si soy lo que digo porque aparte traigo puesto mi uniforme que dice el nombre de la agencia.

Por fin se detiene de su molesto escrutinio y abre la puerta para que pase. Después de entrar y mirar todo el desorden que hay, ella deja la botella vacía tirada en algún lado y procede a tomar un vestido diminuto que se enfunda sin problema.

Después se pone unos tacones con punta de aguja como de quince centímetros, se medió arregla el pelo enmarañado, y agarrando su teléfono se encamina a la puerta llamando a alguien. Antes de cruzarla se detiene a mirarme.

―Alex está en la habitación, ve y avísale que ya llegaste. Si miras con mucha a atención a tu alrededor, necesita que limpies este desorden urgentemente ―informa con una sonrisita muy maliciosa en sus labios.

―De acuerdo, a eso vine ―contesto forzando una sonrisa.

Ella me mira con desprecio y sale sin cerrar la puerta. Respiro hondo antes de ponerme a calcular la magnitud del desorden y cuánto tiempo me va a llevar. Mientras lo hago en lo único que pienso de la persona que vive aquí, es que es un desconsiderado.

Está bien que pague por limpiar, pero no debería ser tan desgraciado para volver su piso un cochinero. La sala es un desastre con botellas de vino vacías, vasos, copas, cajas de comida, y ni se diga la cocina. Tomo aire y me calmo y mejor voy a buscarlo para empezar a limpiar o no terminaré nunca.

Cierro la puerta, no vaya a ser y se meta un ladrón ―aunque lo dudo―, y me echen la culpa. Miro hacia las escaleras que deben dar a las habitaciones del segundo piso. No me gusta esto, pero no puedo empezar si no hablo con el cliente primero, que aparte tiene que indicarme donde están las cosas de limpiar.

Subo despacio y llego a un pasillo donde hay cuatro habitaciones. La primera puerta está abierta y es una especie de oficina que afortunadamente no está desordenada. Es más, está impecable. Voy a la segunda y es un gimnasio. Hay toda clase de máquinas y la vista que tienes mientras usas la caminadora que está frente a la ventana es increíble.

Salgo de allí y voy a la tercera. Parece de invitados y está desordenada como la sala. Ruedo mis ojos, porque parece que hubiera dormido un loco allí. Salgo enojada de ese lugar y me apresuro a la cuarta puerta que está al fondo y que parece la principal porque ocupa todo el fondo del pasillo.

Se halla entreabierta, por lo que me asomo mirando por todos lados. Es enorme y para mi decepción su estado es peor que la otra. Cama desarreglada, sábanas y ropa tirada en el piso y unas manchas que espero no sean lo que pienso.

―¿Señor «maldito» Rothschild? ―llamo al hombre, que sin duda es un viejo riquillo bastante desordenado.

―¿Carol, a donde te metiste? ¿Qué esperas para unírtenos?

La voz sale del baño y me escandalizo un poco llevándome la mano al pecho.

¿Unírseles? ¿Se referirá a la chica que se fue?

Tiene que ser una broma.

―¿Señor… Rothschild? ―pregunto de nuevo asomando apenas mi cara a la puerta del baño.

―¡Entra de una puta vez! ―grita el mismo hombre sobresaltándome desde el fondo del baño porque no logro verlo―. ¡Qué esperas!

Sus palabras me enervan y me enoja tanto que voy hacia allá, pero al llegar la puerta corrediza se abre y el cuadro que me encuentro me deja conmocionada y tiesa del espanto. El que asumo es el señor Rothschild está de pie y desnudo, todo mojado al igual que la mujer que tiene arrodillada al frente y le come todo el miembro.

Razón por la cual no hacía ningún ruido. La debe tener hasta el fondo de la garganta y hasta le sobra.

―¿¡Quién m****a eres!? ―me increpa furioso.

La mujer deja de tragarlo y gira su cabeza hacia mí mirándome con sorpresa, dejando al descubierto la enorme longitud de miembro. Ella me mira conmocionada y yo a esa cosa que no parece de una persona normal.

―¿Cómo cuernos entraste hasta aquí? ―me cuestiona de nuevo y tengo que abofetearme mentalmente para despabilarme y dejar de mirarlo en ese preciso lugar.

Ni que nunca hubiera visto una polla, bueno, «no tan grande»; pero él infeliz ni siquiera hace nada por cubrirse.

«¡Despierta tarada!», me espeto para centrarme de nuevo.

―¡Lo-Lo siento, solo vengo a limpiar! ―exclamo espantada.

Enseguida les doy la espalda, y salgo corriendo de allí. bajo las escaleras a trompicones y cuando llego al primer piso mi corazón late con tanta prisa que me cuesta un poco recuperarme de lo que vi.

¡Pero quien no iba a afectarse de solo ver eso! Quisiera irme de aquí ahora mismo, pero he cometido un error al meterme en su habitación y luego en el cuarto de baño, gracias a esa tal Carol que seguramente lo hizo a propósito.

Recuerdo que me dijo que entrara sin problemas y me maldigo ahora por estúpida porque caí en su trampa, y me toca aguantarme porque no puedo hacer quedar mal a la agencia. Mientras me repongo escucho los sonidos de tacón.

Es la chica de la ducha que baja a la sala. Tiene el cabello húmedo y ya va vestida, aunque su ropa no es diferente de la chica anterior. Ella me mira de reojo y yo trato de mantener mi dignidad.

―Te dejó sin palabras ¿verdad? A que es bastante grande ―dice con burla, haciendo muecas con su boca alusivas a lo que le estaba haciendo a ese hombre en el baño.

La miro con enojo porque en serio hace que me incomode recordándome de nuevo el gran atributo del señor superdotado.

¡Que cuernos!

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