Luis se giró y apagó el cigarrillo.
Al extender el brazo, sus músculos se delinearon bajo la camisa, y la lujosa pulsera de diamantes en su muñeca destacaba, combinando lo salvaje y lo refinado en una mezcla de pura masculinidad.
Después de apagar el cigarrillo, habló con calma.
—No me ha ofendido a mí. Ha ofendido a mi esposa.
—Dulcinea.
—Señorita Carrasco, seguro ha oído ese nombre.
…
Sus palabras fueron directas. Sarah no pudo mantener su compostura y replicó indignada:
—¿No fue ella la respo