Alberto la tomó de la mano:
—Dulci, ven conmigo.
Venir juntos…
¿Cómo no desearía irse con él?
Pero no podía, no podía llevarse a Leonardo. Incluso si lograra llevárselo, los detendrían en el aeropuerto. En ese momento, la furia de Luis no dejaría a ninguno escapar.
Dulcinea bajó la cabeza, las lágrimas cayeron sobre la mano de Alberto, salpicando suavemente.
Alberto sintió un dolor agudo en el pecho, una angustia indescriptible.
Dulcinea susurró:
—Hermano, no te preocupes por mí. Ve a Suiza o co