La última vez, en la cárcel, no pudieron hablar con libertad, lo que les dejó un pesar.
Ahora, nadie interrumpía su reunión.
Desde niños, siempre habían dependido el uno del otro.
Dulcinea apoyó su rostro en el pecho de su hermano, su voz llena de sollozos:
—Hermano, ¿por qué no me lo dijiste antes? ¡¿Por qué no me lo dijiste?!
Si se lo hubiera dicho, tal vez no habría tanto arrepentimiento en su corazón.
Él amaba tanto a Ana…
Pensaba que ahora debía estar muy dolorido… la euforia de la venganza