Frunció el ceño, habló unas palabras más por teléfono y colgó.
En la barra, encontró el empaque del medicamento.
Luis lo recogió, lo miró y reconoció que era un medicamento recetado.
La miró:
—¿Cómo conseguiste esto? Además, nunca te había visto con dolores menstruales tan fuertes… ¿por qué ahora?
El corazón de Dulcinea latía con fuerza.
Su garganta se movió ligeramente y respondió en voz baja:
—Al principio no querían dármelo, pero le pagué 200 dólares y accedieron a conseguirme la receta.
Hizo