En la tranquila villa, el motor de un automóvil resonaba en la distancia.
Isabel, envuelta en su abrigo, se encontraba en el asiento trasero, con lágrimas aún surcando su rostro, aunque su postura permanecía impecable, como siempre en público.
Estaba decidida a rogarle a Ana que viniera a ver a Mario.
Veinte minutos después, el auto negro se detuvo frente a la imponente puerta tallada en madera oscura.
El chofer estaba a punto de tocar la bocina, pero Isabel lo detuvo con un gesto. En un susurro