Al ver a Ana, Leo no se sorprendió. Miró a Ana y su preciosa ropa.
Unos segundos después bajó las escaleras despacio, se le acercó a Ana y le hizo un cumplido:
—Este vestido es bastante bonito, pero lo que llevaste ese día en el hospital te sentaba mejor.
Ana sabía lo que pensaba Leo. Dijo siempre inexplicables palabras, y se fue al Hotel Emperor todos los días... Aunque era lenta, ella sentía algo, pero sólo podía fingir estar confundida. Leo no era alguien con quien podía establecer contacto.