Al recobrar la conciencia, Ana pareció sorprendida por un momento, después comenzó a jadear suavemente, como si aún estuviera saboreando las sensaciones recién experimentadas. Estaba impregnada del aroma de una mujer madura, pero con un toque de inocente seducción. Entonces, Ana escondió su rostro entre las almohadas, rehuyendo el contacto visual con Mario, reacia a recordar el placer que había sentido, invadida por un profundo sentimiento de culpa.
Mario, intentando reconectar, giró el rostro d