Las lágrimas asomaban en los ojos de María mientras decía: —Cuidaré bien de tu hija.
Ana sonrió suavemente en respuesta.
Tras pasar un rato juntas, María se despidió para atender las tiendas, que siempre requerían de su gestión.
Una vez sola, Ana se sentó junto a la ventana panorámica.
El sol poniente filtraba su luz a través del cristal, bañando su rostro con un cálido tono anaranjado, añadiendo un toque de ternura a su semblante.
En ese momento, la pequeña Emma se movió suavemente en el vien