Mario colgó el teléfono y se recostó en el sofá, observando la suave nevada afuera, imaginando a Ana acurrucada en su propio sofá. Claro que podía conducir hasta la casa de Ana en ese mismo momento y avanzar en su conquista tanto física como emocional.
No cabía duda de que esa noche podría tener a Ana.
Ella lo abrazaría por el cuello, sumisa y aceptando su posesión, simplemente porque Ana lo quería.
Pero Mario no se movió. No había necesidad, ya había reconquistado a Ana, desde su cuerpo hasta