Los ojos de Leah se tiñeron de un odio tan puro que, de haber sido fuego, habría reducido la sala a cenizas. Su corazón golpeaba contra sus costillas, pero no agachó la cabeza. No iba a regalarle ni un solo gesto de sumisión.
—¿Entonces es mi culpa haber nacido tan débil? —escupió, su voz cargada de veneno—. Alfa Noah, ¿es mi culpa que ustedes sean unos monstruos con fuerza descomunal y cerebro de chícharo?
El alfa Noah apretó la mandíbula, las venas de su cuello se tensaron, parecía que se iba