Aníbal llegó a casa, y luego de estacionar su auto entró, se encontró con una jóven de servicio.
—Buenas noches señor Thompson, Bienvenido a casa.
—Buenas noches... ¿Mi esposa?
—En su cuarto de oración, lleva allí como una hora— Anibal frunció el ceño y contuvo un suspiro. No es que se opusiera a que Ana practicará su fé, pero consideraba que su nivel de religiosidad los alejaba enormemente. —¿Le sirvo de cenar?
—No tengo hambre. Gracias— se marchó directamente a su habitación, dónde se pujó